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Vuelta al cole con letras de tela

No sé a [email protected] qué tal os habrá ido el verano, pero yo necesitaba un inicio del curso escolar como el comer. La niña también, pero yo más. El esposo quizás no tanto porque él con eso de los horarios y de hacer una comida decente por lo menos una vez cada dos días y de echarse la protección para el sol cada hora y media y cambiarse el bañador mojado es más permisivo.
Yo no. Yo necesitaba programar la alarma del móvil y apagarla cuando sonase y levantarme a continuación en lugar de dar oootra vuelta en la cama porque no había nadie vivo a esas horas y estoy hablando de las diez en adelante, acostarme antes de la una de la mañana, comer un plato de cocido siquiera una vez a la semana, desenredarme el pelo con un peine, cepillo o similar y pintar las uñas de los pies todas del mismo color, el que sea pero el mismo para todas, que ya hemos tenido tiempo de comprobar que el verde fosforito queda fatal al lado del turquesa.

En definitiva un poco de orden, que tampoco es que pidiese tanto.

Así que cuando el Corte Inglés dio por finalizado el verano con el primer anuncio de la vuelta al cole ni miré atrás. Metimos todos los trastos en el carromato, nos despedimos de los #buenosabuelos y del #pueblitobueno y pusimos rumbo a la civilización.
De los libros de la niña, de la cantidad de ellos y de lo que costaron (material aparte) os hablo otro día, cuando se me pase el mosqueo.
Sólo os diré que el motivo de este post nació en ese momento, cuando nos pusieron en los brazos la tonelada y media de papel y la niña vio los dos cuadernos (dos nada menos, ya me diréis para qué necesita una niña de seis años dos cuadernos) lisos lasos y sosos para morirse porque eran los más baratos que encontré, que para gasto ya había tenido bastante, me miró y me dijo “Ay mamá, ¿Tú crees que Pica Pecosa podría hacer algo con esto?”.
Qué queréis que os diga. Esa es la frase que más salas de urgencias ha llenado, después de la de “A que no hay güevos“. Decirme eso y lanzarme a hacer pruebas para cambiarles la cara fue todo uno. Primero pensé en forrarlas con papel de regalo, pero no tenía uno mono en ese momento (no os voy a decir a qué hora fue, solamente que un curso más soy finalista del premio a la madre procastinadora del año) y para dibujar algo no estaba inspirada.
Entre medias y a esas horas todavía estaba poniendo el nombre en el baby/mandilón con letras de tela. Y a la segunda taza de café se me encendió la bombilla. Mira qué fácil, podía utilizar las mismas letras del baby para los cuadernos:
Busqué tela del mismo color que las tapas y repasé y recorté las letras sobre ellas:
Para que se viesen mejor las pegué sobre un papel blanco y las recorté dejando un poco de margen:

Y este es el resultado. A ver qué os parece:

Lo del corazón fue por equilibrar el nombre y aún así no las tenía todas conmigo, pero la niña quedó encantada. Y para protegerlas las cubrí con forro autoadhesivo.
La azaña me costó unas ojeras hasta mitad de la cara durante dos días y un empanamiento nivel usuario avanzado, pero una vez más Pica Pecosa logró (por los pelos) cumplir el reto. Eso sí, el día que me la pegue va a ser muy gorda.
¡Feliz lunes y bienvenidos de nuevo!

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Letras de tela para llevar los anillos al altar

Este verano dio para mucho en lo que a eventos sociales se refiere. En esta casa somos así, podemos pasar años sin una triste boda que echarnos a la cara y luego tener tres en el mismo mes, como es el caso.
De la que os hablo hoy es la de M y P, emocionante como sólo puede serlo la boda del hermano pequeño de un esposo. A mí me gustó muchísimo porque fue una celebración sencilla y bonita, pequeña y con muchos detalles inolvidables.

Se vio que la disfrutaron de verdad desde que ella puso los pies enfundados en unos maravillosos zapatos rojos camino del altar hasta que despidieron al último invitado. Lo de que duró hasta las mil me lo contaron al día siguiente en el desayuno, yo me había retirado pronto porque mi mala conciencia me hizo marcharme con la niña, que se había dormido echada sobre tres sillas y alguien la había tapado con la chaqueta de su padre.

A Pica Pecosa le pidieron que hiciese algo para llevar los anillos. Era el primer encargo que tenía de ese tipo, así que me metí en internet de cabeza para buscar inspiración. Lo que veía no me convencía para hacer nada parecido y entre medias la niña se autonombró dama de honor-portaanillos-lanzadora de pétalos. Como sus tíos son dos soles les hicieron un hueco a los niños de la familia en la ceremonia.

Eso me dio la pista definitiva. Me imaginé a los dos sobrinos (uno de cada parte, de la misma edad, niño y niña, guapísimos y formalísimos, el sueño de cualquier wedding planner) llevando cada uno la inicial de los novios hecha en tela, con su respectivo anillo sujeto con un lazo.

Ya los veía caminando delante de la novia, vestidos ideales, sin pelearse por quién llevaba la cesta de los pétalos (alguien muy previsor les dio una a cada uno) y sin negarse a entregar los anillos, como hice yo cuando el cura que casó a mi padrino me pidió la cesta de las arras.
Tenéis que entenderlo, tenía cinco años y me habían escarmentado tanto que no la dejase olvidada por ahí que cuando aquel desconocido me la pidió yo apreté los labios y la escondí detrás mío. No recuerdo el resto de la historia, pero imagino que al final cedí porque mis tíos acabaron casados.

Los novios, que como he dicho son muy majos y muy inteligentes y llevaron al pie de la letra lo de no complicarse la vida (tendrían que regalarles a todos los novios esta tarjeta de Lucía Be), me dijeron que sí a la primera, escogieron la tela que más les gustó y no preguntaron más hasta el día de la boda.

Este es el resultado:

Poco más puedo contar. La ceremonia fue corta y emocionante, hubo comida en abundancia, los invitados dieron mucho juego, los niños se portaron maravillosamente y hubo música para todos los gustos. Y en contra de mis previsiones, la niña no madrugó al día siguiente.

¿Y [email protected], qué tal lleváis el año en lo que a bodas se refiere?

¡Pasad un feliz fin de semana, y nos vemos el lunes!

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Posavasos con piedras DIY

El post de hoy se lo debo al esposo por ser buena persona y por todo lo que me aguanta y por su paciencia infinita y por no ponerse a dar voces como un loco desatado cada vez que entra en casa y me pilla con las manos en la masa y no de croquetas precisamente. Es digno de admiración este esposo metódico y ordenado que tiene un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio que es capaz de convivir con un mueble despanzurrado en una esquina del salón esperando una mano de chalk paint que nunca llega o con una mochilita de cuando la niña era pequeña llena de piedras.
Cada vez que lo veo me muero de amor y hago propósito de enmienda y me pongo a utilizar las cosas que tengo por ahí para hacer lo que había pensado cuando las ví. Esta vez les ha tocado a las piedras que recogí en la playa. Los que me seguís por Instagram (@picapecosa) ya sabéis cómo las pasa el esposo conmigo y con mi manía por las piedras porque en lugar de limitarme a recoger conchas como hace todo el mundo yo lleno bolsas del supermercado. Precisamente cuando recogí unas pequeñitas y redondeadas se me ocurrió que podrían convertirse en posavasos.
Es muy fácil de hacer porque sólo hay que pegarlas a un trozo de fieltro con el único cuidado de que tengan todas más o menos el mismo grosor para que el vaso o lo que pongáis encima esté nivelado y no se caiga. Calculáis el diámetro y ya lo tenéis.
Esta es la base de la que partí, preciosas piedras redondeadas por la fuerza de las mareas.
Debajo podéis ver el fieltro al que van pegadas. Podéis hacer cualquier combinación de color y de forma que se os ocurra solamente teniendo en cuenta lo que os comentaba del grosor.
¿Veis qué efecto más bonito con el vaso encima?

Para éste utilicé piedras oscuras alrededor y en el centro puse dos más claritas.

¡Pasad un feliz jueves y disfrutad del día a pesar del mal tiempo!


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