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Sopa de sobre chalk paint casera.

¡¡Buenos días!! Aquí estoy un viernes más. Pero en esta ocasión no os voy a recomendar cosas bonitas ni os voy a recomendar tutoriales adorables. No. Esta vez os voy a hablar de una experiencia personal: la chalk paint casera.

Veréis, hace ya unos cuantos meses que empecé a oír a hablar de esta maravilla. Que si colores preciosos para muebles, que si no hace falta tratar antes la superficie, que es pintar y listo… Pero claro, las cosas siempre tienen una pega, y es que me parecían un poco caros los botecitos de marras. Entonces me enteré de que se podía hacer en casa, como si fuera un pastel, con una receta poco específica, en la que tenías que ir añadiendo los ingredientes un poco a ojo, como si fueras una repostera tradicional de las que lleva años y años haciendo bollos deliciosos sin necesidad de seguir instrucciones, sólo con tu intuición.

Me miré vídeos en youtube, leí blogs… quería aprender a hacerla bien. Si la cocina no es lo mío, esto seguro que tampoco. Lo único que echo a ojo es el azúcar en el té y nunca me queda igual. En fin, que después de empaparme más o menos de cómo iba la historia: un poco de yeso, agua caliente, pintura y a remover (¡menuda complicación!), me fui a comprar los ingredientes para ponerme manos a la obra. ¡No quería perder más tiempo! Tenía mucho que pintar.


Lo primero que coloreé fue una balda que tenía sobre mi mesa. Era blanca, de las del ikea, y la quería de color rosa pastel. Me senté en el suelo (sobre un plástico gigante), con un vaso de agua caliente, un tupper viejo para mezclar, una bolsita de yeso y un bote de pintura rosa. Empezamos: un poquito de yeso y un chorretillo pequeño de agua, mover mover mover hasta que no haya grumos y añadir la pintura. Al principio no sabía yo muy bien cómo tenía que quedar, porque en fin, a pesar de mi investigación inicial sobre el asunto, tampoco lo tenía muy claro. Así que cuando vi que estaba espesita pero no pastosa, cogí la brocha y me puse a pintar.

Mi primera decepción fue ver que no cubría la superficie como yo esperaba. Eso de que con una capa era suficiente conmigo no iba a valer.


Encima la pintura que iba haciendo se me acababa enseguida y tenía que volver a hacer la mezcla.

En fin, que esperé a que se secara para darle una segunda mano. Ringo, que me estaba ayudando en todo este embrollo, no fue tan paciente y dejó su huella:


Bueno, una vez secas ambas capas, llenas de surquitos (segunda decepción), quise darle cera, ya que también había leído que era conveniente hacerlo. Cogí un bote de cera Alex que tenía en casa y con un trapito de algodón empecé a darla. Tercera decepción: no hay quien la extienda. Intento dar pegotes más grandes pero cuesta mucho extenderla, así que me queda a trozos. Eso sí, las partes enceradas quedan muy monas y son más fáciles de limpiar.



Soy bastante cabezota y tenía en mente pintar muchísimas cosas, así que no me di por vencida y seguí probando. Esta vez la cosa era más ambiciosa: una estantería alta de cinco baldas (reconozco que una vez en faena caí en eso del “quién me mandaría…”).

Volví a extender el plástico en el suelo y me puse a hacer la mezcla. Esta vez quise probar con un rodillo pequeño, en lugar de la brocha, para evitar los surcos. Cuando me dispuse a pintar la primera tabla, el rodillo no rodaba. Así que el efecto era como usar una brocha de peluche. Para colmo, en esta ocasión, el color de la estantería era marrón oscuro, así que a lo peor, en vez de dos capas, iba a necesitar 300. Ay madre….

Encima, como era tan grande, la pintura se me gastaba a los dos brochazos y como había mezclado dos colores, se estaba empezando a notar un montón este cambio de color de una tanda a otra. No tuve en cuenta que debería haber calculado milimétricamente las medidas de cada color para que todas las mezclar tuvieran el mismo tono. El desastre era más que evidente.



Una vez terminada y seca, el resultado era bastante lamentable. Pero como no me quedaba otra, hice de tripas corazón y coloqué la estantería como si nada. Esta vez y dadas sus dimensiones, desistí de darle cera. Así que empecé a colocar mis libros y mis cosas. Cuarta decepción: al tacto es lo más grimoso del mundo. Poner una carpeta y empujarla hasta el final era algo que me estaba dando dentera. A ver, el efecto de esta pintura es un poco pizarresco, así que arrastrar cualquier cosa sobre ella daba mucha mucha grima. Por no hablar de pasarle un trapito para limpiar el polvo…. El trapo acaba rosa.


Pero aún así, quise pintar una silla de madera plegable. Y esta vez quise probar esa técnica de pintar la primera capa de un color y la segunda, de otro. Luego lijar un poco, darle un aspecto avejentado y tan mona. Además, para evitar tener que dar tantas capas, intenté dejar la pintura más espesa. ¡¡Y vaya tela!! La pintura duraba cada vez menos y tardé una eternidad en terminarla.

Y lo peor fue que el resultado fue horriblemente basto, así que una mañana que me dio la ventolera, decidí meter la silla debajo de la manguera y restregar con un estropajo viejo para quitarle toda la pintura. Y mirad ahora qué pena de vida:



Así que como vi que esto de pintar muebles no había sido buena idea, me dediqué a decorar pequeñas cosas y no romperme más la cabeza.



¡Ah! El desastre mayor ocurrió con la balda del ikea…. coloqué una planta encima y un día, regándola, no me di cuenta de que el platito donde la tengo se había llenado de agua y había rebosado. A los pocos días me percaté del desastre…




En fin, soy consciente de que todo este apocalipsis del diy sea debido a mi torpeza, ya que es más que sospechoso que, después de varios intentos, no haya logrado conseguir un buen acabado. Sin embargo, me he dado por vencida y por el momento no tengo más ganas de ponerme a tunear mis muebles. Es tiempo de aparcar la brocha y coger el pincel, que una tiene que aceptar sus limitaciones.

¡¡Hasta dentro de dos semanas!!

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