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Bobina de hilo

Desde que empecé con el blog y a leer otros blogs, tengo dos enfermedades graves.

La primera es el culoveoculoquierismo. No miréis para otro lado, que sé que la sufrís todos en silencio, como las hemorroides. Eso de ver que fulanita ha cosido esto, que menganito ha tejido lo otro, que esta hace unas fotos de caerse de culo y que el otro cocina como los ángeles… bueno, pasa factura y crea necesidades. Y de repente todos queremos aprender a hacer de todo o TENEMOS que ponernos a fabricar algo nuevo aunque tengamos diez proyectos empezados acumulados en diferentes rincones de la casa. Y salimos a comprarnos una lijadora, kilo y tres cuartos de elástico gordo y una botella familiar de Coca-Cola para poder aguantar hasta las tres de la mañana quemándonos las pestañas mientras editamos nuestras fotos. Que sí, que yo sé que también os pasa, que la envidia es muy mala.

La otra es el síndrome de “hacer eso es muy fácil” (o su versión alternativa: “hacer eso es muy barato”). Vamos, que uno está paseando y de repente ve un cuenco de cerámica precioso. Y en lugar de mirar el precio, contar los leuros que tiene en la cartera y decidir o no comprarlo, uno le da vueltas entre las manos, repasa todos los surcos, olisquea el barniz del acabado, toma medidas con el pulgar y acaba diciendo: “No, si hacer este cuenco es muy fácil. Mañana me pongo en un rato y saco seis.”

Por un lado, eso tiene beneficios inmediatos para la economía y para la organización del hogar. Eso no se lo vamos a negar. Pero por otro, tiene un efecto horroroso sobre la autoestima. Porque después de quince horas peleándonos con una arcilla handmade que hemos visto en Pinterest, miramos el triste (y feo) montón de barro que tenemos entre las manos y nos maldecimos mil veces por no habernos rascado los bolsillos para sacar un billete cuando tuvimos el original a tiro. Y pensamos que somos unos inútiles que no nos merecemos tener un blog porque todo lo que hacemos es horrible. Y nos compramos un kilo de helado pijo y nos lo comemos con una cuchara de sopa mientras vemos realities en Divinity y lloramos porque además nos hemos saltado la dieta. Bueno, a lo mejor eso último lo hago solo yo.

En fin, que me faltan dedos para contar la cantidad de veces que he dejado de comprarme una blusa porque “eso ya lo hago yo”, una bufanda porque “eso son dos minutos” o una lámpara porque “eso es totalmente DIY”. Pero no me quejo, que como siempre ha dicho mi madre: “sarna con gusto no pica”.

Sin embargo hay veces maravillosas en las que no te hace falta comerte un helado y casi, casi te comes una manzana y sales a correr después de terminar un proyecto. He dicho “casi, casi”.

Hace meses compré una bobina de madera en alguna feria de manualidades. Juraría que lo hice en la parada de Tornería Castells, en la que siempre acabo pecando porque tienen cosas muy bonitas (y todavía no me apaño lo suficiente con la madera como para decir: “eso ya lo hago yo”. Todo llegará.). En fin, que compré la bobina, pero por más que la miraba y la miraba, no le acababa de encontrar la gracia.

Lo malo de comprar este tipo de cosas (y no tener una abuela que te las pase) es que generalmente las líneas de los productos son súper definidas y tirando a modernillas. Mi bobina de hilo tenía unos cantos pronunciados y no me acababa de gustar del todo. Y llevaba varios meses de aquí para allá dando vueltas por casa.

Así que el fin de semana me puse manos a la obra, recuperé mis herramientas (que después de las obras estaban un poco desperdigadas) y le di a la bobina el aspecto que quería.

Lo primero que hice fue sacar mi Dremel y ponerle el cabezal lijador. Voy a ser sincera: lijar con el Dremel es una pesadilla, especialmente después de haber usado una buena lijadora. Pero precisamente eso era lo que quería, dejar la superficie un poco irregular, como si se hubiese gastado y golpeado.

Con una lija basta redondeé los cantos y le di algún golpe por toda la superficie para gastar la bobina. Luego, con una lija fina lo repasé todo para que quedase suave y agradable al tacto.

Lo limpié muy bien con un paño, ya sabéis que las lijadoras las carga el diablo y hay que quitar bien todo el polvo que queda acumulado por ahí si no queréis sufrir un ataque de asma y encontrar restos de madera hasta en el sujetador cuando el médico os ausculte.

Luego cogí un tinte color nogal y con una gasa (se pueden comprar bolsas de gasa para pintar en ferreterías) apliqué el tinte por toda la superficie de la bobina, que como no estaba tratada lo chupó como una esponja sin ningún tipo de problema.

Luego lo dejé secar y… ¡ya está! Cogí un rollo de cuerda de papel y envolví la bobina con ella. El toque final lo puso la tijera que compré en Copenhague y que Kaja me ha traído ahora que ha venido de visita.

Estoy muy enamorada del resultado, por muchos motivos. Primero, porque es bonito y luego, porque “es muy fácil” y también “es muy barato”. Y cuando un proyecto me sirve para reafirmarme en una de mis enfermedades, para mí es un éxito total.

Venga, enfermos, contadme vuestros síntomas.

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